- De la funcionalidad (que sigue siendo necesaria), al diseño, a lo emocionalmente atractivo o caprichoso. La utilidad necesita hoy un significado.
- De los argumentos (que siguen siendo válidos), a la narración, a la capacidad de elaborar una historia convincente, ya que siempre habrá alguien en algún lugar capaz de encontrar un contra argumento que rebata nuestro argumento. A la narración entendida como un sentimiento de empatía y simpatía hacia los demás, de adoptar el punto de vista de la persona que está hablando, de ver y de contemplar las historias personales y las historias contadas en primera persona como importantes modos de aprender y de abrazar la ética del cuidado.
- Del enfoque y la especialización (que siguen siendo importantes), a la fusión o capacidad de juntar las piezas dispares y crear fascinación, imagen global y totalidad. Lo que significa que vamos del análisis a la síntesis.
- De la capacidad de pensar lógicamente, que es una característica de la raza humana pero que ya no basta, a la capacidad de comprender lo que mueve al otro, de establecer relaciones y de cuidar de los demás. Lo que significa que vamos de la lógica a la empatía.
- De la seriedad, de ponernos serios, de un exceso de compostura (que hay momentos en los que conviene), al juego, a la dinámica participativa. Los juegos serán al siglo XXI lo que el trabajo ha sido durante los últimos trescientos años de sociedad industrial; ellos serán nuestra principal vía para conocer, delegar, hacer que las cosas pasen y crear valor.
- De la acumulación (que nos libera de nuestra lucha cotidiana por la supervivencia), a la búsqueda de anhelos más plenos de sentido (plenitud espiritual, trascendencia o propósito); al “¿cuántas personas vivieron una mejor vida, gracias precisamente a nuestra existencia?”; al “¿cuántas fueron más felices porque sus vidas se cruzaron en un momento dado con la nuestra?”.